Cuando se habla del Papa y la IA, mucha gente espera una de dos cosas: una condena o una bendición. Lo que pocos esperan es lo que de verdad ha llegado desde Roma, una de las reflexiones más lúcidas sobre inteligencia artificial que se han escrito fuera del mundo tecnológico. Y hay un detalle que no podemos dejar pasar porque lo cambia todo: el documento no habla sólo de máquinas, sino de nosotros. De qué queremos llegar a ser cuando las usemos.
Te propongo recorrer esa idea recuperando la metáfora que nos propone León XIV que, me parece, resulta sorprendentemente actual: dos ciudades, Babel y Jerusalén. Llegaremos a ellas en un momento, pero antes conviene saber qué ha dicho realmente la Iglesia, porque lo que se ha contado en los titulares es apenas la superficie.
Qué ha dicho realmente el Papa sobre la inteligencia artificial
El interés del papado por la inteligencia artificial no nació ayer. Fue Francisco quien abrió la puerta llevando el asunto a foros como el G7 y promoviendo en enero de 2025 la nota Antiqua et nova, un documento del Vaticano sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. Allí ya aparecía la tesis que después se volvería central: la dignidad de una persona no se mide por su rendimiento ni por sus capacidades funcionales, y ninguna máquina puede sustituir el vínculo humano sin empobrecerlo.
De Francisco a León XIV, una misma inquietud
León XIV, matemático de formación, recogió ese hilo y lo convirtió en una de las prioridades de su pontificado. Su primera encíclica, Magnifica humanitas, firmada el 15 de mayo de 2026, lleva un subtítulo que ya es un programa entero: «sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial». La eligió firmar en la misma fecha que León XIII promulgó la Rerum novarum en 1891, el texto que inauguró la doctrina social de la Iglesia ante la deshumanización de la revolución industrial. El mensaje es claro: estamos, otra vez, ante un cambio de época.
La encíclica parte de una premisa que conviene retener, porque sirve igual a un creyente que a un ateo, a saber, la tecnología no es una fuerza enemiga de la persona, ni un mal en sí misma, pero tampoco es neutra, «porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza».
Desarmar la IA, la imagen que lo resume
De ahí su expresión más comentada. El Papa pide «desarmar la IA», y aclara enseguida que desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable y, por tanto, habitable. Es una idea poderosa, y es también el punto exacto donde el discurso del Papa sobre la IA deja de ser un asunto eclesial y se convierte en una pregunta que cualquier organización debería hacerse. Porque desarmar la técnica, en el día a día de una empresa, no es un gesto militar, es más bien una decisión sobre cómo trabajamos, cómo decidimos y a quién servimos. Precisamente aquí es donde entran las dos ciudades.
Babel y Jerusalén, dos maneras de habitar la técnica
En Magnifica humanitas late una imagen que no se limita a decorar el debate sobre la inteligencia artificial, sino que lo organiza desde dentro: ante la técnica podemos levantar Babel o reconstruir Jerusalén. Dos ciudades, sí, pero también dos modos de habitar el mundo y dos formas de entender el poder.
Babel es la torre que asciende sin mirar alrededor. Es la fascinación por la altura, por la velocidad, por la lengua única que pretende traducirlo todo a cálculo, dato y rendimiento. Allí donde todo puede ser medido, comparado, clasificado y optimizado, la persona corre el riesgo de perder su espesor. Ya no aparece como rostro, historia o herida, sino como perfil, patrón, recurso o variable. Babel no necesita odiar al ser humano para deshumanizarlo, porque le basta con reducirlo.
Jerusalén, en cambio, no se construye desde la soberbia vertical de una torre, sino desde la paciencia horizontal de una comunidad. Es ciudad herida que vuelve a levantarse por tramos, con muchas manos, con oficios distintos, con voces que no se disuelven en una sola lengua. La imagen es decisiva porque nos recuerda que la inteligencia verdaderamente humana no es solo potencia de cálculo, sino capacidad de vínculo. No consiste únicamente en resolver problemas, consiste en hacer habitable el mundo.
La inteligencia artificial es una herramienta, pero ninguna herramienta llega desnuda
Aquí aparece la primera tensión. La inteligencia artificial no es demonio ni salvadora, pues sería muy fácil reducir todo a esa dicotomía. Es, más bien, herramienta. Pero una herramienta nunca llega desnuda, pues siempre trae una mirada, una gramática, una forma de ordenar la realidad. Todo sistema decide qué ve y qué deja en sombra, qué premia y qué castiga, qué llama eficiencia y qué considera residuo. La IA, como toda técnica poderosa, levanta un espejo ante nosotros, y en ese espejo no solo vemos su capacidad, sino nuestra propia sombra.
Conviene insistir en esto: defender el criterio moral humano no significa idealizar al ser humano, porque también nosotros decidimos mal. También nosotros obedecemos por comodidad, confundimos velocidad con lucidez, convertimos prejuicios en procedimientos y llamamos objetividad a lo que simplemente ha sido normalizado por una organización.
Por qué no basta con poner a un humano en el proceso
Kahneman resulta útil en este punto, aunque conviene entrar con cuidado en su casa. Su gran aportación fue recordarnos que la razón humana no camina siempre con paso solemne: decide muchas veces por atajos, por intuiciones rápidas, por asociaciones que nos ahorran esfuerzo y que, en determinadas condiciones, nos llevan al error. Ese diagnóstico es valioso para pensar la IA, porque impide una defensa ingenua del criterio humano, como si bastara con poner una persona al final del proceso para que apareciera mágicamente la responsabilidad.
Pero también hay que tomar distancia, porque su lectura, sobre todo cuando se vulgariza, puede derivar en una imagen demasiado pobre de la mente humana: el ser humano como máquina defectuosa, llena de sesgos que deben ser corregidos desde fuera por arquitecturas de decisión más inteligentes. Gigerenzer ha criticado precisamente esa reducción, recordando que muchas heurísticas no son simples fallos, sino formas adaptativas de decidir en contextos de incertidumbre. El propio Kahneman reconoció que algunas investigaciones sobre priming citadas en Pensar rápido, pensar despacio descansaban en estudios con poca potencia estadística. Por eso nos sirve, pero no como dogma. La IA no debe venir a sustituir una razón humana supuestamente averiada, sino a ayudarnos a crear condiciones más lúcidas para decidir juntos.
Foucault nos abre otra grieta. Allí donde una época dice conocimiento, conviene preguntar también qué forma de poder se está organizando. No porque todo saber sea mentira, sino porque ningún saber circula en el vacío. Clasificar, medir, diagnosticar, puntuar, normalizar: todas esas operaciones producen realidad, distribuyen visibilidad, establecen quién aparece como competente, riesgoso, improductivo, confiable o descartable. El panóptico, en Foucault, no es solo una prisión, sino una figura de la sociedad disciplinaria, un modo de hacer que los cuerpos se comporten como si siempre estuvieran siendo observados. La IA hereda y transforma esa lógica. Ya no necesita una torre central visible; puede operar como ambiente, como recomendación, como métrica, como cuadro de mando, como algoritmo que decide silenciosamente qué merece atención. La pregunta crítica, entonces, no es solo si la IA sabe, sino qué tipo de sujetos produce cuando su saber empieza a ordenar nuestras decisiones.
Arendt introduce el tercer límite, quizá el más político. Una comunidad no se rompe únicamente cuando discrepa, sino cuando pierde el suelo común sobre el que puede discrepar. La verdad factual, lo que ha ocurrido, lo que puede ser comprobado, lo que sostiene una conversación pública, no es un lujo de intelectuales, sino una condición de mundo. Cuando la distinción entre hecho y ficción se erosiona, la política deja de ser espacio de deliberación y se convierte en teatro de imágenes. En este punto la IA generativa toca una fibra delicadísima, porque puede producir textos, voces, imágenes y relatos con una verosimilitud suficiente para poblar el espacio público de niebla. No hace falta que todos crean la misma mentira; basta con que muchos dejen de esperar una verdad compartida para que la democracia pierda cuerpo. Por eso la IA no elimina nuestras sombras, sino que puede amplificarlas, acelerarlas, hacerlas circular con una elegancia técnica que vuelve más difícil reconocerlas como sombras.
Por eso no basta con decir que debe haber un humano en el proceso. La pregunta es más profunda: qué humano, formado en qué criterio, dentro de qué estructura, con qué libertad real para detener una decisión automatizada, con qué capacidad para comprender aquello que está validando. Un rostro humano al final de una cadena opaca no garantiza responsabilidad. A veces, incluso, solo le da máscara.
La torre digital también se levanta con la pobreza de las organizaciones
Y aquí la metáfora de Babel se vuelve especialmente actual para cualquier empresa. La torre digital no se levanta únicamente con códigos, servidores y modelos de lenguaje. Se levanta también con una cierta pobreza espiritual de las organizaciones: procesos que nadie se atreve a revisar, decisiones que se toman por inercia, reuniones donde nadie pregunta lo esencial, culturas donde la velocidad ha sustituido al pensamiento. En ese contexto, la IA no transforma nada de fondo sino que acelera lo que ya estaba torcido.
Lo he visto de cerca acompañando a empresas en su adopción de inteligencia artificial. Cuando una organización funciona a base de automatismos no escritos y miedos heredados, la herramienta más avanzada del mundo no la salva y sí la confirma. Multiplica su ruido, blinda sus puntos ciegos, da apariencia de método a lo que era pura repetición. La tecnología es honesta en eso. Devuelve, amplificado, lo que encuentra.
Pero también puede ocurrir lo contrario. Una organización puede acercarse a la inteligencia artificial no como quien compra una torre, sino como quien reconstruye una ciudad. Entonces la pregunta deja de ser qué herramienta adquirimos y pasa a ser qué tipo de organización queremos ser. Esa pregunta cambia el territorio, porque ya no se trata solo de automatizar tareas, sino de revisar modos de hacer, modos de pensar, modos de decidir y modos de convivir.
Adoptar IA no es comprar una torre, es reconstruir una ciudad
La IA puede convertirse en una prótesis de Babel, es decir, más control, más vigilancia, más métricas, más velocidad sin pensamiento. O puede convertirse en una mediación para Jerusalén, una herramienta que libere tiempo, ordene información, ilumine zonas ciegas, mejore procesos, active conocimiento disperso y permita que una organización piense mejor consigo misma. Pero esto no sucede por inercia. Requiere acompañamiento y algo que podemos llamar voluntad de criterio, la intención explícita y abierta no solo de poner criterio moral y humano, sino de debatir y revisar de forma constante los propios supuestos, para resguardar siempre lo humano como valor fundamental.
De automatizar tareas a volverse una organización más inteligente
No basta con enseñar a usar herramientas. Hay que aprender a formular mejores preguntas, a distinguir qué debe automatizarse y qué debe seguir siendo deliberado, a rediseñar procesos desde el criterio humano y no desde la fascinación tecnológica. Hace falta alguien que ayude a la organización a mirar su propio cuerpo y su propio territorio: sus hábitos, sus miedos, sus repeticiones, sus puntos de fricción, sus zonas de potencia. Porque toda empresa tiene también su sombra, y solo puede transformarla si se atreve a verla.
La adopción de inteligencia artificial debería parecerse menos a la instalación de una máquina y más a una tarea de cultivo. No se injerta una herramienta en una organización sin tocar su cultura. La herramienta modifica la conversación, el reparto de poder, la circulación del conocimiento, la forma de tomar decisiones. Por eso resulta ya cansado preguntarse si la IA hará más productiva a una empresa, cuando la pregunta que se vuelve cada vez más urgente es si la empresa sabrá volverse más inteligente a través de ella.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice el Papa León XIV sobre la inteligencia artificial?
En su encíclica Magnifica humanitas (mayo de 2026), León XIV sostiene que la IA no es ni un mal en sí misma ni una fuerza neutra, porque refleja los intereses de quien la diseña, la financia y la usa. Pide «desarmarla», es decir, impedir que domine lo humano, retirándola de las lógicas de monopolio y de competencia, y reclama que sirva al bien común y a la dignidad de cada persona.
¿Qué es la encíclica Magnifica humanitas?
Es la primera encíclica del pontificado de León XIV, firmada el 15 de mayo de 2026. Su subtítulo, «sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial», resume su propósito. Una encíclica es el documento doctrinal más importante de un papa, y esta dedica su núcleo a los efectos de la IA sobre la dignidad, el trabajo, la educación, la guerra y la democracia.
¿Por qué debería importarle a una empresa lo que diga el Papa sobre la IA?
Porque más allá de la fe, el documento plantea la pregunta que toda organización necesita responder antes de adoptar tecnología: para qué y para quién. La IA amplifica la cultura que encuentra. Si una empresa se la toma como una simple compra de software, multiplica sus inercias. Si la toma como una ocasión para revisar cómo decide y cómo trabaja, puede volverse más inteligente, no solo más rápida.
¿Qué significa desarmar la IA?
Significa quitarle el poder de dominar lo humano sin renunciar a sus beneficios. En una empresa se traduce en algo muy concreto: mantener el criterio humano sobre las decisiones importantes, exigir que los sistemas sean comprensibles y revisables, y no delegar a ciegas lo que afecta a personas. Desarmar no es frenar la innovación, sino hacerla habitable.
¿La Iglesia está en contra de la inteligencia artificial?
No. Tanto la nota Antiqua et nova (2025) como Magnifica humanitas (2026) reconocen el enorme potencial de la IA para el trabajo, la salud o la educación. Lo que cuestionan es su uso sin criterio ético, la concentración de poder que puede generar y el riesgo de reducir a las personas a datos. La postura es de discernimiento, no de rechazo.
¿Cómo se adopta IA con criterio ético en una organización?
Empezando por las preguntas, no por las herramientas. Conviene mapear procesos y cultura antes de automatizar, decidir qué tareas deben seguir siendo deliberadas por personas, garantizar transparencia y supervisión real, y formar a los equipos para pensar mejor con la IA en lugar de delegar en ella. Es un proceso de acompañamiento y cultivo, más cercano a un cambio cultural que a una instalación técnica.
Volver a la pregunta antigua
Babel promete altura. Jerusalén exige vínculo. Quizá ahí se juega lo decisivo, no en saber si las máquinas llegarán a pensar como nosotros, sino en descubrir si nosotros seremos capaces de pensar juntos sin convertirnos en piezas de una torre. La inteligencia artificial nos obliga a volver a una pregunta antigua, casi infantil, y por eso mismo radical: qué queremos construir y quiénes queremos ser cuando lo construyamos.
Esa pregunta no se responde con un proveedor de software. Se responde con criterio, con acompañamiento y con la voluntad de no dejar que la prisa decida por nosotros. En Sapinn ayudamos a organizaciones a recorrer ese camino, a implementar inteligencia artificial con sentido humano, cuidando a la vez los resultados y a las personas. Si tu empresa quiere adoptar IA sin levantar otra torre, sino para volverse de verdad más inteligente, hablemos. Esa conversación es el primer ladrillo de la ciudad que sí merece la pena construir.
Carlos Girón Lozano. Aporto pensamiento, creatividad y presencia para que personas y empresas dejen de simular y empiecen a transformarse. Creo que la IA potencia lo humano, no lo sustituye.